domingo, 12 de agosto de 2007

El moquero

En el patio de entrada de la casa de mis abuelos había un antiguo lavadero. El agua salía accionando una bomba manual, pero estaba tan alta y tan dura que necesitaba colgarme literalmente del manubrio para conseguir accionarla y que saliese un chorrito de agua.

Todo ello resultaba muy divertido, así que buscaba sin éxito alguna cosa que se pudiese lavar, hasta que mi abuela me daba la pista: el moquero del abuelo que parecía permanentemente constipado.
No era fácil convencer al abuelo de que había que lavar su pañuelo limpio. Unas veces me hacía contar los números al revés, otras contarle un cuento en el que hubiese abuelitos buenos. Sólo, de vez en cuando, le ablandaba un arrumaco.

Con el pañuelo en alto, cual bandera victoriosa, corría a columpiarme del manubrio de la bomba de agua, llamando a gritos a mi amiga y vecina para que compartiese conmigo la oportunidad de jugar en el lavadero. Y cuando más envueltas en las risas estábamos, llegaba la dueña de la casa, del patio y de la bomba de agua, con su velo sobre los hombros y el misal en la mano y nos echaba con cajas destempladas, con la amenaza del infierno por ser niñas malas. Al entrar en casa con la cabeza baja, mi abuelo murmuraba: ya volvió de misa la beata.